Los asesinos ocultos del desempeño

Tú, yo, todos nosotros, somos un producto del entorno más que de cualquier otro factor vital. Nuestras destrezas intelectuales y anímicas no forman parte de la herencia genética, sino que están latentes y deben ser cultivadas en contextos adecuados.

Todos los eventos, personas y situaciones que nos rodean generan estímulos sensoriales que inciden sobre nosotros, facilitando o dificultando nuestras tareas y nuestro aprendizaje. Determinan, en gran medida, qué tan eficientes (o deficientes) podemos llegar a ser en cualquier cosa que hagamos. Y algunos de ellos tienen consecuencias imprevisibles.

Es muy difícil triunfar en un ambiente contaminado con asesinos del desempeño, en especial cuando no sabemos reconocerlos. Por eso en el entorno laboral es necesario trabajar seriamente en la prevención sistemática de dos tipos de contaminación ambiental que pocas veces se consideran: la sensorial y la emocional.

La contaminación sensorial es la más frecuente y en ella inciden situaciones que afectan el desempeño en forma directa. Son fácilmente perceptibles si sabes identificarlas y generalmente se resuelven con rapidez. Menciono algunas:

  • estímulos sensoriales intensos o fuera de contexto, que atraen repentinamente nuestra atención (gritos, golpes, movimientos intempestivos o violentos, olores, ruidos varios);
  • conversaciones colaterales, programas radiales de tipo periodístico, canciones en un idioma que comprendemos y otros estímulos cuyo contenido lingüístico nos distrae porque dispara un procesamiento consciente que compromete la limitada capacidad de la memoria de trabajo;
  • molestias físicas o cansancio producidos por una inadecuada ergonomía de los elementos de trabajo (sillas, herramientas, instalaciones);
  • condiciones ambientales inapropiadas (temperatura, humedad, polvo, iluminación, nivel de oxígeno) o cambos bruscos en las mismas.

La contaminación emocional, en cambio, es menos comprendida y afecta nuestros resultados en forma indirecta pero profunda. Es un enemigo que envenena desde las sombras.

Esta contaminación puede ser calladamente absorbida por las personas, pero continúa actuando a nivel subconsciente y a veces su influencia perdura durante un tiempo prolongado. Por eso sus efectos muchas veces pasan desapercibidos, hasta que las víctimas explotan en reacciones violentas o en patologías diversas. Gastritis, úlceras, ataques al corazón y peleas a puñetazos son sólo algunos desgraciados ejemplos de estas secuelas.

Dada nuestra resistencia a “hablar de lo que nos pasa” o incluso a reflexionarlo, es difícil para el líder enterarse y ocuparse de este tipo de contaminación y, por tanto, resulta particularmente importante hacer todo lo posible para prevenir sus disparadores habituales dentro de un equipo de trabajo. Entre ellos, destaco:

  • indefinición de objetivos funcionales
  • ausencia de reconocimiento por el trabajo bien hecho
  • conflictos personales o interpersonales no resueltos
  • situaciones percibidas como tratamiento injusto 
  • insuficiente información sobre lo que se espera de cada uno
  • incomprensión del propio rol en el equipo
  • presión continua y desconsiderada
  • rumores fuera de control
  • acoso de cualquier tipo

y muchas otras que seguramente forman parte de la experiencia de cada uno.

Dada la particular naturaleza de estos verdaderos asesinos de la productividad, conviene aplicar una gran sensibilidad en la detección y en el manejo de esas situaciones, que aparejan pérdidas de todo signo para las partes involucradas. Cuando ocurren, nadie gana.

Esto requiere, en los conductores de los equipos, competencias emocionales y comunicacionales muy sólidas que deben ser mejoradas continuamente, porque son parte esencial de las exigencias básicas de su función. Y, ya que las personas no hablan de lo que les pasa, el líder debe desarrollar una fina destreza en la comprensión del lenguaje no verbal, algo que las escuelas de negocios generalmente omiten. Es la base de lo que llamamos empatía.