"Ojos que no ven, corazón que no siente" (o cómo controlar el estrés)

¿Te diste cuenta qué fácil es distraerse y olvidarse repentinamente de lo que uno quería hacer? Hay gente más propensa que otra a padecer este tipo de situaciones incómodas, de las cuales encontramos ejemplos abundantes en la vida cotidiana.

“¿Qué te estaba diciendo?” “¿Dónde dejé las llaves?” “¡No encuentro los lentes, y los tenía en la mano!” Y otras por el estilo.

Como bien sabes, estos casos no dejan de ocurrir, por más que uno intente evitarlos. Afecta a jóvenes y a quienes no lo son tanto. Se intensifica con el estrés y las preocupaciones, y sólo se pudo conocer su causa hace poco en términos históricos, a pesar de que la sabiduría popular ya manejaba el concepto desde siglos antes, como lo demuestra el refrán del título.

Corría el año 1956. En un pequeño librito, misteriosamente titulado “El mágico número siete, más o menos dos”, el psicólogo norteamericano George Miller nos relataba las investigaciones que lo llevaron a descubrir la capacidad de nuestra “memoria de trabajo”, también llamada "operativa" o “de corto plazo”,la encargada de gestionar nada menos que nuestra atención consciente. Miller concluyó que sólo podemos atender simultáneamente un promedio de 7 (¡siete!) unidades o trozos de información.

¿Ridículo? Es que no sabes que en 2012 otro neurocientífico, el australiano Gordon Parker, recalculó los experimentos de Miller utilizando la tecnología actual. Su conclusión: en realidad nuestro límite de atención consciente se encuentra en un promedio de ¡cuatro! unidades de información en promedio.

Casi vergonzoso para una especie que se promociona a sí misma como la más avanzada del planeta.

Pero, ¿qué tiene esto que ver con el control del estrés?

Para entenderlo, tengamos también en cuenta que sólo nos afectan emocionalmente los datos sensoriales a los que “prestamos atención”, y para esto es preciso colocarlos sobre la minúscula mesita de nuestra memoria de trabajo y mantenerlos allí todo el tiempo que sea necesario para que nuestro cerebro consciente pueda procesarlos, sin distracciones. Tan pequeña es la mesita que, si agregamos más asuntos, algunos caerán irremediablemente al vacío y desaparecerán del foco de nuestra conciencia.

Por tanto, una de las claves del crecimiento personal (y del control del estrés) consiste en seleccionar inteligentemente qué cuestiones privilegiaremos con este recurso tan escaso, el único que podemos utilizar para “construir nuestro destino”. Podemos optar por concentrarnos en los elementos tóxicos de nuestro entorno o decidirnos por los más nutritivos, aquéllos capaces de transformar el aspecto de nuestro mundo y de todo aquello que nos rodea.

Por eso, si lo piensas dos veces antes de prestar dinero a alguien, piénsalo tres antes de prestar atención a algo. La próxima vez puedes elegir entre atender las oportunidades que se te van presentando o las dificultades que encuentras en el camino. Y si optas por lo primero, tu actitud y tu estado de ánimo comenzarán a cambiar en forma lenta e inexorable hacia una zona mucho más satisfactoria y positiva.