Esa ilusoria y esquiva "realidad"

Es muy curioso lo que ocurre con nuestras percepciones. La mayor parte de las veces podemos sentirnos medianamente seguros que, de alguna forma, lo que vemos y oímos está realmente alli. Otras, la diferencia entre lo que creemos percibir y los hechos en sí mismos nos abruma y desconcierta, si es que logramos reconocerla.

Estamos tan habituados a confiar en nuestras percepciones, que solemos darlas por buenas en cualquier circunstancia, sin percatarnos de que son tan virtuales como el inquietante universo onírico propuesto por la saga The Matrix. 

El cuerpo humano posee decenas de miles de sensores aptos para capturar sólo dos clases de estímulos: los vibratorios —como luz, sonido o calor— y los químicos —como olores y sabores—. Ningún otro tipo de estímulo puede ser percibido directamente por nuestro organismo y es por eso que ha sido preciso desarrollar tanta cantidad de equipos sensores especializados (contadores Geiger, rayos x, microscopios, analizadores de ondas, termómetros, etc. etc.) que nos ayudan en la tarea de comprender el mundo. Pero estos mismos, a su vez, demuestran cada vez más limitaciones a medida que el conocimiento penetra escenarios impensados.

Los eventos sensoriales que sí somos capaces de registrar son codificados en forma de impulsos eléctricos, que son transmitidos a zonas especializadas del cerebro para su decodificación, según el tipo de sensor que intervino en su detección. Allí se construye una representación mental de la realidad que produjo esos estímulos y, finalmente, ocurre el fenómeno menos comprendido aún por los neurocientíficos: las recreaciones mentales de los estímulos son “proyectadas” por el cerebro al lugar donde creemos que se originaron y pasan a constituir la única “realidad” que podemos conocer. “Me duele aquí”. “Escuché un ruido en la cocina”. “¿Ves aquel auto?”.

Para utilizar una metáfora cotidiana, se trata de un proceso similar al de una transmisión televisiva: una cámara capta la imagen del estudio y un micrófono hace lo propio con el sonido. Ambos registros se transforman en impulsos eléctricos que son enviados en forma de ondas electromagnéticas a un aparato decodificador —nuestro televisor—, especializado en convertir esos impulsos en las imágenes y vibraciones sonoras que finalmente llegan a nosotros.

Pero lo que vemos y oímos en el televisor no es la realidad, como tampoco lo son las ondas que transportaron la señal o la recreación que produce nuestro cerebro a partir de los estímulos sensoriales a que atendemos. Son, más bien, como los “unos y ceros” de un programa informático que, por virtud del hardware y del sistema operativo, se convierten en una interfaz de usuario que puede ser interpretada por los humanos.

Es bueno comprender que, como resultado de ese complejo mecanismo, nuestro proceso perceptivo sufre distorsiones de mayor o menor entidad que se encuentran asociadas, entre otras cosas, a:

  • el pequeño rango vibratorio que pueden captar nuestros órganos sensoriales, el cual determina que sólo percibamos una porción muy estrecha del espectro posible para cada una de las clases de estímulo (luz, sonido, calor, etc.), mientras somos totalmente ciegos a las demás
  • los defectos genéticos normales en el diseño de esos órganos (no me refiero aquí a las patologías), que podemos fácilmente comprobar, por ejemplo, en las ilusiones ópticas
  • el significado emocional que poseen para nosotros los distintos estímulos, el cual amplifica algunos de ellos hasta generar fobias, por ejemplo, y oculta otros por completo
  • la limitada capacidad de nuestra memoria de trabajo, que sólo puede procesar en forma consciente unos poquísimos estímulos sensoriales, de los millones y millones que es capaz de registrar nuestro subconsciente
  • el carácter binario de nuestra mente consciente, que polariza y clasifica la realidad para simplificarla y poder lidiar con su complejidad
  • los “modelos mentales”  provenientes de nuestras creencias, preconceptos, nivel educativo, experiencias personales, idioma nativo, etc., que nuestro cerebro utiliza para validar y comprender la información sensorial recibida.

"El cerebro nos engaña", para utilizar el título de un libro publicado en el año 2000 por el Dr. Francisco Rubia, catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Por lo tanto, no podemos fiarnos de sus impresiones. La “realidad percibida” es algo que sólo existe en nuestra cabeza pero, a todos los efectos prácticos, es la única “realidad” que los humanos estamos en condiciones de conocer.

Si esto suena complejo o difícil de digerir, ten además en cuenta que, cuando comunicamos, se enfrentan al menos dos actividades perceptivas independientes, cada una de las cuales posee este mismo nivel de complejidad y una comparable probabilidad de error. La combinación de estos dos (o más) “universos paralelos” genera distorsiones muy difíciles de prever y mucho más difíciles de manejar, a las cuales nos referimos en forma coloquial como “conversaciones de sordos” o “teléfono descompuesto”.

Superar la falacia de nuestros sentidos para pensar y comunicar en forma útil exige una gran dosis de humildad y una insaciable sed de conocimiento, pero a ello debemos sumar técnicas de análisis y comprensión de la realidad que respeten nuestra funcionalidad biológica, en particular el lenguaje no verbal. Cuando lo hacemos, se produce un efecto extraordinario sobre nuestra capacidad para trabajar en equipo, para adquirir nuevas destrezas o simplemente para relacionarnos más exitosamente con nuestros seres más cercanos.

En un mundo cada vez más interdependiente, no logro imaginar una actividad de tanta relevancia, si deseamos mejorar la calidad de nuestra convivencia y de nuestro desempeño en todos los planos de la existencia.