El tiempo: ¿aliado o enemigo?

Pocas cuestiones hay en este mundo que ocupen un lugar tan central en el devenir de la Humanidad como la contemplación del factor tiempo. Su naturaleza se resiste a ser descripta o conquistada por quienes usamos y abusamos de él, con las más dispares consecuencias.

Cuando hablamos de “ganar” o “perder” tiempo, la expresión misma es falaz y perversa. No es tiempo lo que ganamos o perdemos, porque todos lo poseemos por igual y la única diferencia que nos distingue de los demás es lo que hacemos con él.

El dinero que prestan los bancos está almacenado en alguna parte (eso dicen), mientras que el tiempo sólo puede ganarse utilizándolo. No hay depósitos de tiempo en ninguna parte, ni puede comercializarse o pedirse prestado. Cada uno dispone del suyo y lo que haga con él es su propio asunto.

Que alguien “gane tiempo” para sí mismo no beneficia el tiempo de nadie más, ni puede fraccionarse para pagarles a los acreedores. Sólo es utilizable lo que realizamos en su transcurso y, una vez consumido, ya no hay vuelta atrás. Lo sentimos cada vez que pensamos “ojalá hubiera hecho lo necesario”.

Y realmente podemos.

No el año pasado ni el anterior ni hace una hora, porque eso ya no puede cambiarse. Ni tampoco "mañana". El momento de aprovechar el tiempo es ya. El pasado es anécdota y el futuro aún no existe: depende de lo que hagamos ahora. Esto es lo único que podemos, verdaderamente, elegir.

Revisa tus prioridades y asegúrate que mañana por la mañana puedas levantarte y decirte a ti mismo “¡qué bien utilicé el tiempo ayer!”. Es una sensación embriagadora y muy, muy estimulante.