El bioliderazgo es para todos

Aunque el nombre pudiera sugerir otra cosa, el bioliderazgo no es un concepto pensado exclusivamente para los dirigentes de las organizaciones. Ni el lugar que ocupa en él la consideración de los dirigidos es el de meros animales de laboratorio que se vuelven progresivamente más astutos y exigen el diseño de nuevos trucos para mantenerlos bajo control.

Por el contrario, el principal destinatario de estas ideas es el ser humano como tal, sin importar cuál sea su ocupación o si forma parte de algún colectivo y, mucho menos, si en éste ocupa una posición de responsabilidad. Precisamente, la misión del biolíder sería impracticable si los integrantes de su propio equipo no comparten estos conocimientos, si no comprenden su alcance y si no se comprometen con el cambio cultural profundo que se requiere de cada uno para que el proyecto funcione. Es necesario que aprendan juntos, luego de hacer a un lado el destructivo concepto de intereses opuestos, sólo útil a algunos corporativismos, y la trasnochada creencia de que somos seres racionales.

El bioliderazgo expone las razones científicas por las cuales conviene a los dirigentes actuar de una manera determinada y considerar la implantación de esta filosofía en sus organizaciones como cuestión prioritaria. Pero nótese que esas razones también constituyen un mensaje de alerta para los propios integrantes de los equipos, quienes naturalmente comparten con sus dirigentes la responsabilidad de cultivar este nuevo ambiente y para ello deben asumir con madurez la gestión de sus competencias personales, si desean desarrollarse como individuos y como integrantes de colectivos laborales que aspiran a la excelencia.

Estoy convencido que éste es el único camino legítimo para intentar una transformación sostenible de las condiciones en que se desarrollan las actividades productivas en nuestras sociedades. Mejores personas construyen equipos superiores y éstos contribuyen a elevar la condición de aquéllas, en un ciclo virtuoso que asegura el crecimiento continuo de todas las partes interesadas.

Por eso, considero que el papel que pueden desempeñar las organizaciones en la educación de sus miembros es fundamental para superar dificultades que jamás podrán ser resueltas con aplicación de los dogmas tradicionales, y esa contribución se reflejará en forma positiva en el funcionamiento global de la sociedad.

Efectivamente, podemos aprender a liderar cuando comprendemos que esto es distinto de manipular y, sobre todo, cuando somos capaces de formarnos a nosotros mismos en los conocimientos necesarios para utilizar nuestros recursos psicobiológicos de una manera que respete nuestra naturaleza. Aquéllos que sostienen que el líder nace y que no puede “fabricarse” —o alguna de sus variantes, como que es necesario poseer condiciones naturales e innatas para lograrlo—, ignoran las verdaderas posibilidades de crecimiento del cerebro humano.

Esa visión mecanicista debe actualizarse con la incorporación de los conocimientos que las neurociencias han aportado a lo largo de muchas décadas y que continúan aportando a una velocidad cada vez mayor, al compás del explosivo avance de la tecnología. Pero el management, cual moderna religión, se ha apartado de la ciencia hasta el punto de sostener prácticas groseramente perversas, que reclaman ciega obediencia de sus seguidores, como único argumento para sostener su autoridad. Si bien esto puede sonar como una exageración, cualquier interesado lo comprobará si se toma el trabajo de rasguñar la superficie del eufemístico discurso de muchos dirigentes.

Y aprender a liderar también implica formar a los integrantes de nuestros equipos en ese mismo conocimiento, porque es la única manera de asegurarnos que esta nueva filosofía no se convierta, también, en otro medio para sojuzgar a nuestros colaboradores. Compartir esta sabiduría garantiza que el alineamiento será posible si se promueve con honestidad, única manera de concentrar exitosamente la energía anímica de los participantes. Cuando todos dominan este lenguaje y lo hacen suyo, la comunicación se vuelve fluída y facilita el entendimiento recíproco.

Si los miembros de un equipo han aprendido a bioliderarse a sí mismos, la tarea de quien tiene la responsabilidad de conducirlos hacia una meta se ve enriquecida con los aportes de múltiples perspectivas complementarias, que son capaces de imaginar senderos y de anticipar peligros como jamás podría hacerlo un jefe aislado en la soledad de su escritorio. Pero además contribuyen a dar forma a esa meta, redefinen sus límites con precisión y la hacen suya, de modo que ya no será necesario que se les empuje ni que se les convenza, sino más bien que se les acompañe y apoye.

La misión de un líder siempre es compleja, por su propia naturaleza. Por eso, permitir que continúen existiendo dificultades que pueden perfectamente evitarse con un poco de inteligencia la convierte, además, en prácticamente imposible de cumplir con el éxito deseado. ¿Por qué hacerlo?

Cuando esas dificultades han sido despejadas mediante la implantación del bioliderazgo en el ambiente de trabajo, es la hora de hacer lo necesario para diseñar las acciones, planificar el camino, ensayar las alternativas, evaluar cada paso dado en pos de la meta. Todo esto requiere la aplicación de una nueva lógica, una que se aparta de los antiguos errores y comienza a alinearse con nuestras competencias biológicas porque, en ausencia de esa alineación, serían sólo destellos de un voluntarismo irresponsable. Esa lógica es heredera del nuevo capital colectivo, como criterio de actuación y sistema de validación.

Parece más que evidente que las técnicas de gestión que nos acompañan desde hace más de un siglo tienen muy poco que ver con esto. Será preciso repensar muchos métodos de trabajo y en algunos casos romper todos los manuales y comenzar de nuevo, rediseñando los procedimientos desde cero.

El reto parece descabellado, pero contamos ahora con un recurso que no teníamos previsto: un sistema mental colectivo ensanchado, abarcativo, con perspectivas múltiples y una creatividad casi infinita, capaz de enfrentar los desafíos con un éxito sin precedentes, porque genera su propia energía en lugar de consumir la ajena y ha aprendido a reinventarse a sí mismo. Es el verdadero trabajo en equipo.